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Experiencias en hospitales

5 Oct , 2017  

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Hace poco estuve muchas horas, durante varias semanas, acudiendo al hospital. Un sobrino, con solo tres añitos, estuvo muy grave tras una salida a la marquesa. El pobre comenzó a ponerse mal, y tras varias semanas estuvo realmente peleando por su vida en terapia intensiva, con tubos en la garganta, asustado, sin poder expresar sus miedos o esperanzas a través del habla, extrañando a sus papás los cuales tenían la entrada prohibida en los primeros días. Toda la familia, que es muy unida, estuvimos ahí con mi prima y su esposo, acompañándolos en su dolor, y sintiendo la impotencia de no poder hacer más.

Consorcio-Industrial-Interamericano

Nos sabíamos de memoria los muebles para consultorio, los largos pasillos que en la noche parecían tenebrosos, solitarios, y un recordatorio de lo que un bebé estaba sufriendo, solamente podíamos pensar que no era justo que él estuviese en una cama luchando, aferrándose por seguir viviendo. Todos, sin decir palabras, evocábamos su enorme sonrisa que siempre lo había caracterizado, su voz suave y melodiosa, su risa que alegraba el día de todos, su enorme panza que presumía mientras corría a la altura de nuestras piernas.

No puedo mentir, fueron días muy difíciles, pero teníamos todos mucha fe, en que el destino no se atrevería a arranarlo de nuestros brazos, y también ayudaba que el hospital en donde estuvimos tenía mucho prestigio, puesto que era el Centro Médico ABC. Sabíamos que ahí se encuentran de los mejores médicos de México, y notábamos la tristeza y la empatía que transmitían cada vez que salían para mantenernos informados de los progresos o de las dificultades que estaba teniendo mi sobrino.

Juro que en esas semanas en las que estuve rodeada de medicamentos, lágrimas, y enfermeros me volví una especialista. Sabía que los mejores muebles médicos eran de Consorcio Industrial Interamericano, sabía qué medicamentos le estaban dando, qué enfermedades eran las que estaban dentro de las posibilidades, me aprendí tantas cosas, puesto que era la única manera que mi mente podría estar ocupada para no quedar en shock. A las tres semanas ya estaba en casa como nuevo, con algunas precauciones durante unos años, pero contento como siempre, con su sonrisa, con su alegría que siempre lo ha caracterizado.

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